martes, 23 de julio de 2013

¿Por qué hay capirotes en el parque de la Dehesa de la Villa?




Quien pasee habitualmente por el parque de la Dehesa de la Villa está habituado a ver unos capirotes, como pirámides truncadas. Poca gente sabe lo que son realmente. Son respiraderos del antiguo viaje de agua de Amaniel, también conocido como viaje de Palacio, porque se construyó en el reinado de Felipe II para abastecer el Alcázar.

El viaje nacía en el Norte de la ciudad, cerca del cementerio de Fuencarral y se dividía en dos ramales: uno que recorría el parque de la Dehesa de la Villa (antigua Dehesa de Amaniel) y otro que atravesaba la antigua huerta del Obispo, hoy parque de Agustín Rodríguez Sahagún. Se unían en la antigua quinta de los Pinos, al final de la Dehesa de la Villa y bajaba por las calles de Guzmán el Bueno y Amaniel hasta la plaza de Oriente. Era propiedad real. 

Los viajes de agua consistían en unas galerías subterráneas de entre 7 y 12 kilómetros de longitud cuyo fin era transportar el agua que captaban de las capas freáticas, ya fuera de lluvia como de un arroyo cercano. Para ello se aprovechaba la pendiente que existía entre la zona Norte y el centro de Madrid. Estos viajes tenían la altura de una persona y en el centro había una cañería abierta que llevaba el agua hasta las fuentes públicas, conventos, casas particulares, huertas y jardines. A un lado, o a ambos de la cañería, se construía un andén para que el maestro fontanero encargado del viaje, pudiera inspeccionarlo y ver que el agua fluyera cristalina. 

Las minas o galerías de los viajes de agua tenían cada cierta distancia un pozo de captación de agua que al mismo tiempo servía de aireación para el agua. Estos pozos estaban cubiertos por un “cascarón” de granito que tenían forma de pirámide truncada con base cuadrada con un orificio para la buena aireación.

La captación del agua se hacía en el noroeste de Madrid, en los términos de Fuencarral, Chamartín, Canillas y Canillejas, entre los caminos de Fuencarral y de Alcalá, y las galerías se construían entre 5 y 40 metros de profundidad, dependiendo del terreno. Si hacía falta se revestían de ladrillo para evitar derrumbamientos. A una distancia de unos cien pasos más o menos, se construía un arca para que el agua reposara y se aireara y una cambija, para poder desviarla en ángulo recto. El agua llegaba a la ciudad a un arca desde la cual, por medio de cañerías, llegaba a cada una de las fuentes instaladas por todo Madrid.

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